Por Blanca Rugarcía
Cuentan que hubo una vez una nación joven, ambiciosa y convencida de que Dios mismo le había entregado una misión: expandirse, dominar y “civilizar” el continente. A esa idea la llamaron Destino Manifiesto.
No era una ley escrita, pero sí una creencia profundamente arraigada en la mente estadounidense del siglo XIX: Estados Unidos estaba destinado a liderar América. Primero fue territorio. Luego fue influencia. Después, poder. Y hoy, control.
El Destino Manifiesto se estudia en libros de historia como doctrina, como ideología, casi como leyenda. Pero lo inquietante es que nunca desapareció, solo cambió de forma. Hoy ya no se habla de conquista territorial abierta, sino de intervención moral, política y estratégica.
Y aquí es donde las piezas empiezan a unirse.
El “salvador Donald”
Hay líderes que casi creen que ese destino es su legado personal. Que están llamados a ser el salvador de Estados Unidos de América, el restaurador del orden, el castigador del caos. Donald Trump encaja perfecto en esa narrativa.
No es solo un presidente polémico. Es un personaje rodeado de símbolos, excesos y una idea constante de grandeza. Trump ha sido señalado públicamente por clasismo, discurso homofóbico, racismo abierto y odio sistemático hacia migrantes y minorías.
Y sí, su nombre apareció en documentos públicos relacionados con Jeffrey Epstein, el financiero acusado de tráfico sexual de menores. Aclaración importante: aparecer en registros no es una condena, pero sí forma parte de una red de relaciones que nunca fue transparente.
A esto se suma un detalle casi de novela: existe un libro de finales del siglo XIX llamado “El último presidente”, donde aparece un personaje llamado Barón Trump, hijo de un magnate poderoso, viviendo en una Nueva York convulsionada. ¿Casualidad? Tal vez. ¿Narrativa perfecta para alimentar el mito? Absolutamente.
Y como si fuera poco, tras la muerte de Nikola Tesla, el gobierno estadounidense confiscó sus documentos, y quien participó en esa revisión fue John G. Trump, tío de Donald. Nada ilegal. Nada comprobable como conspiración. Pero suficiente para entender por qué Trump se ve a sí mismo como parte de algo más grande.
Ahora, hablemos de Venezuela.
Escuchar a quienes dicen estar preocupados por el petróleo venezolano. ¿De qué sirve tener petróleo si tu gente vive bajo opresión, hambre y miedo?
Venezuela es hoy uno de los países con migración masiva histórica, inflación devastadora, represión política documentada y elecciones cuestionadas. Nicolás Maduro gobierna desde 2013. Perdió legitimidad, perdió respaldo popular… y no soltó el poder. Ha sido señalado internacionalmente por narcotráfico, corrupción y terrorismo, con cargos formales en tribunales estadounidenses. Eso no es opinión. Eso es expediente.
La ONU, durante años, guardó silencio o emitió comunicados tibios, mientras millones de venezolanos huían. Por eso, guste o no, solo los venezolanos tienen derecho a juzgar cualquier acción externa. Ellos pagan el costo, ellos viven la tragedia.
Hoy el tablero está claro:
Por un lado, quienes respaldan a Estados Unidos como líder regional y aplauden figuras como Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que redujo la violencia a costa de derechos humanos y concentración de poder.
Del otro lado, el bloque “anti-yankee”, encabezado por Nicolás Maduro (Venezuela), Daniel Ortega (Nicaragua), Miguel Díaz-Canel (Cuba) y Andrés Manuel López Obrador (México): gobiernos con discurso social, pero prácticas autoritarias, populistas y tolerantes —cuando no aliadas— al crimen organizado.
¿Y quién terminó de dinamitar todo? Los cárteles.
A esos a los que se les dio poder, territorio y reconocimiento. Líderes criminales que se volvieron actores políticos, económicos y sociales. Ellos no solo trafican: gobiernan.
Desde que se decidió abrazar a quienes nos matan, los cárteles se volvieron dueños de nuestra soberanía.
Ellos deciden quién muere, quién desaparece, a quién se le cobra extorsión, qué camino se usa, qué fiscal investiga, qué policía voltea la cara. Controlan municipios, economías, rutas… y sí, hasta la gasolina.
Eso no es izquierda. Eso no es humanismo. Eso es renunciar al Estado.
¿Tiene Estados Unidos intereses ocultos? Claro que sí. ¿Está Trump enloquecido de poder? También. ¿Maduro es un tirano? Sin duda. ¿En México tenemos políticos populistas, narco-alcaldes y cobardes? Absolutamente.
Aquí no hay buenos ni malos. Solo líderes mundiales borrachos de poder.
Por eso, maifriendssss, no nos dividamos insultándonos. Lo que va a pasar, va a pasar.
Lo único que realmente nos toca es pensar, recordar, y cuidar a quién le entregamos el poder en las urnas.
Porque el poder… no solo corrompe a quien lo ejerce, también destruye a quien lo regala sin cuestionar.
Así que 2026 inicia fuerte, con temblor, detenciones. Prepárate para el show, que aquí te lo iré compartiendo todo.
Comenzamos….
